Todo empezó en la pandemia.
Después de unos meses declarada la pandemia, decidí trabajar como médica en hospitales que atendían únicamente pacientes con COVID con todo y el temor de contagiar a mi familia, la tomé como una gran oportunidad de trabajo, y entonces me fue asignado el turno nocturno
Al principio todo marchaba bien, con el tiempo, decidí aumentar mis ingresos y vi la opción de trabajar en otro hospital simultáneamente y para mi fortuna de ese momento, postulé mi CV y me llamaron enseguida del hospital del cual fui contratada, en el que me preguntaron cuál horario era de mi preferencia y para acomodar mis horarios la única opción era solicitar el turno nocturno también. Así que terminé trabajando en dos hospitales, durante toda la semana. Dormía en la comodidad de la casa solo los domingos. El resto de la semana, el descanso era fragmentado, irregular, insuficiente.
No lo cuestioné. Me decía que era temporal.
Que valía la pena.
Pero el cuerpo empezó a hablar.
Primero fue un dolor de espalda baja constante, que iba a aumentando de intensidad con los días.
Luego el mal humor, una irritabilidad que no reconocía como mía.
Después vino el aumento de peso, la acidez en el estómago y una sensación de cansancio que no se iba ni durmiendo más horas cuando podía.
Y algo más empezó a aparecer: dejé de tenerle gusto al trabajo, incluso mi mal humor iniciaba desde que me alistaba para salir al hospital.
Aun así, seguí.
Cada dos semanas recibía un sueldo, y eso parecía justificarlo todo.
Lo que no entendía en ese momento y que hoy veo con frecuencia es que el cuerpo no negocia con el sueño.
Solo posterga la factura.
Después de poco más de un año, tomé una decisión difícil...
Dejé los trabajos. Mi salud estaba deteriorándose, no me permitía trabajar más. No fue inmediato ni sencillo. Fue una mezcla de cansancio, intuición y necesidad de entender qué me estaba pasando.
Y como consecuencia mi ciclo de sueño quedó alterado, aun estando en casa no dormía bien, despertaba muchas veces durante la madrugada y los malestares estomacales me acompañaron por un par de semanas.
Un año después, por mera curiosidad, tomé un curso de neurobiología del sueño, que me dio muchas respuestas y me hizo cuestionarme muchas más cosas.
Y ahí algo hizo sentido.
Entendí que lo que había vivido no era solo agotamiento ni falta de disciplina. Era una alteración profunda del ritmo, del sistema nervioso y de la forma en la que el cuerpo se protege cuando no descansa.
Un año después de terminarse la pandemia decidí estudiar una maestría en investigación clínica, ahí vi una gran oportunidad para comenzar a estudiar el sueño en las personas. No desde la teoría, sino desde el cuerpo real: el que trabaja, el que cuida, el que aguanta, el que enferma.
Dormir mal no solo afecta el descanso.
Afecta el ánimo, el metabolismo, la motivación y la forma en la que habitamos nuestro día.
Un primer paso sencillo que me gustaría compartirte
Si hoy trabajas de noches, tienes horarios irregulares o sientes que ya te acostumbraste a dormir poco, empieza por algo básico: observa qué síntomas has normalizado.
Dolor, irritabilidad, problemas digestivos, cansancio emocional… muchas veces el cuerpo ya está hablando.
Este blog nace de ahí.
De la experiencia personal, del trabajo hospitalario y de la investigación clínica. De aprender a escuchar al cuerpo cuando el sueño deja de ser reparador.
La intención es compartir historias, experiencias, testimonios y evidencia sobre qué tanto afecta el sueño nuestra calidad de vida.
¿Qué fue lo primero que cambió en tu cuerpo cuando empezaste a dormir mal?
Si quieres, acompáñame. Aquí vamos a hablar del sueño sin culpas, sin recetas mágicas y con los pies en la realidad.
